“Sé perfectamente lo que debería hacer.”

“Sé que darle tantas vueltas no me ayuda.”

“Sé que debería poner límites.”

“Sé que tendría que dejar de evitarlo.”

“Sé que esta relación me está haciendo daño, pero vuelvo a hacer lo mismo.”

En consulta encontramos con frecuencia personas que comprenden muy bien lo que les ocurre. Han pensado mucho sobre ello, han hablado con personas cercanas, han leído sobre el tema e incluso pueden identificar qué deberían hacer de manera diferente.

Y, sin embargo, cuando llega el momento, vuelven a reaccionar de la misma manera.

Esto puede generar mucha frustración.

Si sé lo que tengo que hacer, ¿por qué no consigo hacerlo?

La respuesta es importante: comprender un problema y saber cómo modificarlo no son exactamente lo mismo.

Saber qué hacer no significa poder hacerlo automáticamente

Imaginemos una situación sencilla.

Una persona sabe que debería poner límites en el trabajo porque está asumiendo más responsabilidades de las que puede manejar.

Lo entiende perfectamente.

Pero cuando alguien le pide nuevamente que se encargue de algo, piensa:

“Si digo que no, van a pensar que soy poco colaboradora.”

Empieza a sentirse incómoda.

Decir que sí reduce inmediatamente esa incomodidad.

Después llega a casa agotada y piensa:

“Otra vez he hecho lo mismo. Tengo que aprender a decir que no.”

Desde fuera podría parecer contradictorio. Pero si analizamos lo que ocurre en ese momento, su comportamiento empieza a tener sentido.

Las personas no actuamos únicamente en función de lo que sabemos.

También influyen nuestras emociones, nuestros aprendizajes previos, nuestras expectativas y las consecuencias que obtenemos de lo que hacemos.

Muchas conductas que queremos cambiar cumplen una función

Cuando una persona mantiene una conducta que le genera problemas, es fácil pensar:

“¿Por qué sigo haciendo esto si sé que me perjudica?”

Pero una pregunta más útil puede ser:

“¿Qué consigo a corto plazo cuando hago esto?”

Quizá evito una discusión.

Quizá disminuye momentáneamente mi ansiedad.

Quizá consigo sentirme más seguro.

Quizá evito decepcionar a alguien.

Quizá dejo de sentir culpa.

Quizá recibo tranquilidad.

El problema es que aquello que funciona a corto plazo no siempre nos ayuda a largo plazo.

El alivio inmediato puede mantener el problema

Esto se observa claramente en muchos problemas relacionados con la ansiedad.

Imagina que una persona siente mucha ansiedad al utilizar el metro.

Un día decide no cogerlo y vuelve a casa caminando.

¿Qué ocurre?

Probablemente su ansiedad disminuya.

La próxima vez que tenga que utilizar el metro, su cerebro dispone de una información importante:

“La última vez que lo evité me sentí mejor.”

Evitarlo vuelve a resultar tentador.

Cada vez que lo hace obtiene alivio, aunque a largo plazo su vida se vaya limitando.

La persona puede saber perfectamente que evitar el metro mantiene su miedo. Puede incluso explicarlo racionalmente.

Pero cuando aparece la ansiedad, la consecuencia inmediata de evitar sigue teniendo mucho peso.

Por eso el cambio psicológico no consiste únicamente en proporcionar información.

“Pero ya sé de dónde viene”

Comprender el origen de un problema puede ser muy útil.

Conocer nuestra historia nos ayuda a entender cómo hemos aprendido determinadas formas de pensar, sentir o relacionarnos.

Sin embargo, saber de dónde procede algo no necesariamente modifica aquello que lo mantiene actualmente.

Podemos entender, por ejemplo, por qué nos cuesta decir que no y seguir siendo incapaces de poner límites.

Podemos saber por qué desconfiamos después de determinadas experiencias y continuar comprobando constantemente lo que hace nuestra pareja.

Podemos comprender de dónde procede nuestro miedo y seguir evitando las situaciones que lo provocan.

Por eso, desde un enfoque cognitivo-conductual, además de estudiar la historia del problema, prestamos especial atención a qué está ocurriendo ahora.

Entonces, ¿qué hace diferente la terapia?

La terapia no debería limitarse a decirte lo que tienes que hacer.

De hecho, muchas veces probablemente ya lo sabes.

“Deberías relajarte.”

“Piensa menos.”

“Tienes que poner límites.”

“No tengas miedo.”

“Deja de preocuparte.”

“Sal más.”

Son recomendaciones que pueden parecer razonables, pero dejan sin responder la pregunta fundamental:

¿Qué está impidiendo que la persona pueda hacerlo?

En terapia intentamos comprender precisamente eso.

Analizar qué ocurre antes, durante y después

Una de las herramientas que utilizamos desde la terapia cognitivo-conductual es analizar las situaciones de manera concreta.

¿Qué estaba ocurriendo?

¿Qué pensaste?

¿Qué sentiste?

¿Qué hiciste?

¿Qué ocurrió inmediatamente después?

¿Y qué consecuencias tuvo a más largo plazo?

Este análisis nos permite pasar de una explicación general como:

“No sé poner límites.”

a algo mucho más específico:

“Cuando creo que alguien puede enfadarse conmigo, siento ansiedad y termino aceptando cosas que no quiero hacer. Cuando digo que sí, mi ansiedad disminuye inmediatamente.”

Ahora tenemos mucha más información para trabajar.

Cambiar implica hacer cosas diferentes, no solamente pensarlas

Comprender nuestro funcionamiento es una parte importante del proceso terapéutico.

Pero después necesitamos trasladar ese conocimiento a situaciones reales.

Esto puede implicar aprender nuevas habilidades, afrontar progresivamente aquello que evitamos, modificar determinadas interpretaciones, practicar formas diferentes de comunicarnos o cambiar la manera en que respondemos ante emociones desagradables.

Y eso requiere práctica.

Es parecido a aprender a conducir.

Podemos estudiar perfectamente cómo funciona un coche, conocer todas las normas de circulación y saber qué tenemos que hacer con los pedales.

Pero eso no significa que la primera vez que nos sentemos al volante podamos conducir con naturalidad.

Saber y hacer son aprendizajes diferentes.

El cambio tampoco suele ser lineal

Otra fuente frecuente de frustración aparece cuando conseguimos hacer algo diferente durante un tiempo y después volvemos a comportarnos como antes.

Podemos interpretarlo como:

“He vuelto al punto de partida.”

Pero aprender una nueva forma de responder no significa que los comportamientos anteriores desaparezcan inmediatamente.

Los patrones que llevamos años utilizando suelen estar muy practicados.

En determinados momentos de estrés, cansancio o vulnerabilidad puede ser más fácil volver a ellos.

Parte del proceso terapéutico consiste también en aprender a identificar estos momentos, comprender las recaídas y continuar practicando respuestas alternativas.

No necesitas que alguien te diga simplemente qué hacer

Cuando una persona llega a consulta diciendo:

“Sé lo que tengo que hacer, pero no consigo hacerlo”

no necesariamente necesita más consejos.

Necesitamos comprender por qué, cuando llega ese momento concreto, hacer algo diferente resulta tan difícil.

En Psicomentis trabajamos desde un enfoque cognitivo-conductual, analizando junto con la persona qué factores están originando y manteniendo sus dificultades y estableciendo objetivos terapéuticos concretos.

No buscamos únicamente que comprendas mejor lo que te ocurre.

Buscamos que ese conocimiento pueda traducirse progresivamente en cambios que puedas aplicar en tu vida cotidiana.

Si llevas tiempo entendiendo lo que te ocurre pero sigues encontrándote una y otra vez en el mismo punto, puede ser útil realizar una valoración.

En nuestro centro de psicología en Madrid realizamos una primera llamada de aproximadamente 20–30 minutos para conocer tu situación y orientarte hacia el profesional del equipo que pueda adaptarse mejor a tus necesidades.

Porque a veces el problema no es no saber qué hacer. Es necesitar descubrir qué está haciendo tan difícil poder hacerlo.


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